La conducta antisemita

04/Feb/2015

FEBRERO El Cronista, Argentina, Por Daniel Muchnik

La conducta antisemita

Como se sabe, han
aparecido estos días carteles en barrios donde históricamente vivía la
comunidad judía en Buenos Aires con el siguiente texto: “El judío bueno,
es el judío muerto. El judío bueno es Nisman”. ¿Obra de alguna agrupación
neo-nazi? ¿Una provocación de un grupo de loquitos? ¿Quizás la mano de
cierto sector provocador de los servicios de informaciones? ¿Quieren asustar?
¿Qué? En la Argentina hay
sensibilidad manifiesta ante el tema. Dos atentados e innumerables maldades
obligan a muchos a ponerse en guardia.
Espasmódicamente brotan
expresiones y acciones antijudías en la Argentina. En estos días, en paralelo
con el antisemitismo evidente en Europa. Y la ola viene montada sobre dos
episodios trágicos: la muerte del fiscal Nisman por un lado, no resuelta, y el
70 aniversario de la liberación del campo de exterminio Auschwitz-Birkenau, por
parte de las tropas soviéticas.
¿Que es lo que motoriza
el antisemitismo, en general?
¿Cuál es la razón más
íntima y excluyente? ¿Cómo se explica esta reacción de algunos hombres a esta
altura de la historia del mundo?
El teórico y crítico de
la literatura y la cultura franco-norteamericano George Steiner escribió,
recordando a la liberación de Auschwitz: “Sabemos que un
hombre puede leer a Goethe o Rilke por las noches, que puede luego tocar
con fervor pasional a Bach y a Schubert, e ir tranquilamente a matar en
Auschwitz por las mañanas”.
Rudolf Höss, comandante
del campo de Auschwitz, capturado tras el final de la guerra fue devuelto al
recién constituído gobierno polaco, quien lo juzgó. Antes de ahorcarlo, en
1948, obligó a Höss a escribir sus Memorias. En ese libro, en sus numerosas
traducciones y ediciones, Höss narra un día de su vida en el campo. Su casa
familiar quedaba a un costado, separada de las alambradas electrificadas.
Cuando se levantaba daba de comer a sus pajaritos, a los que amaba, desayunaba
con su mujer y sus hijos, a quienes mimaba con dulzura, luego leía los diarios
y, finalmente, después de almorzar en familia se retiraba a su oficina donde
dictaminaba, con especial parsimonia , listas en mano, quienes debían vivir y
quienes debían morir.
Primo Levi comenta en su
libro “Si este es un hombre” que en los campos de
exterminio había una zona negra, que era la realidad, pero también una ‘zona gris’. Esta última estaba dominaba por los veteranos de los barracones,
judíos y de distintas nacionalidades, donde iban llegando los nuevos
prisioneros. Algunos de esos veteranos se comportaban como los nazis: pegaban,
maltraban,robaban, insultaban como matones y fijaban las condiciones de
vida donde todos vivían. Levi no traza una línea divisoria rígida entre los ‘grises’ y los nazis.
Eli Wisel, un humanista,
merecedor del Premio Nobel de la Paz,un trabajador incansable en pos de la
tolerancia entre distintos y entre religiones nos legó su patética experiencia
humana en su libro ‘La Noche, el Alba, el Día‘. Narra que toda
su familia fue exterminada en los campos de exterminio. Que sólo fueron
quedando su padre, enfermo, y él. Y que en sus sueños y en los días
despabilados también, él deseó que su padre muriera, para poder tener un poco
más de pan que el que recibía, porque estaba desaforadamente hambriento.
En pleno tribunal de
Nuremberg, al concluir el conflicto, reunido por especial pedido de los
presidentes aliados, donde participaron, los periodistas que cubrían el juicio
éstos miraban con avidez a los procesados, jefes nazis, como si buscaran
respuesta a la tragedia. Goering, más delgado de lo habitual, sonreía a una
hermosa estenógrafa. Rudolf Hess leía un libro. Streicher comía bocadillos.
Todo mientras se leían los documentos sobre las torturas padecidas por millones
de hombres. Casi nadie recordaba nada. El banquero Schacht dio la espalda a la
pantalla cuando proyectaron películas de los horrores. Frank, el interventor en
Polonia y justificador de los guettos y las matanzas lloraba y se enjugaba las
lágrimas con un pañuelo. Ribbentrop, delgado, calvo, declaraba que, debido al
insominio que padecía, había tomado muchos somníferos y se le había debilitado
la memoria. El general Keitel respondía las preguntas del tribunal como un
soldado raso, porque se consideraba un ordenancista. Todos descargaban su
responsabilidad sobre Himmler. “Yo no era más que un
subordinado administrativo”. En todas partes, fuera o dentro de
Nuremberg, se escuchaban las mismas palabras: “Nosotros no
tenemos nada que ver”.
Recordar a Auschwitz es
imprescindible para no perder la Memoria (con mayúscula) pero necesitamos
infinitos elementos más para comprender porqué, con impunidad muchos masacraron
con especial crueldad. Sin culpas. Y muchos siguen todavía militando en el
antisemitismo. ¿Qué hizo que un conductor de tranvías de Hamburgo, un camarero
de Frankfurt o un bibliotecario voluntario húngaro y muchos de sus aliados en
el frente pasaran a la condición de masacradores de judíos y a encerrarlos en
sinagogas de pueblos y ciudades para luego quemarlos vivos?
Por supuesto que los
carteles antisemitas en Buenos Aires ahora no tienen la dimensión de la masacre
del siglo XX, pero es indispensable la acción del Estado en la investigación de
estos sucesos, para saber si hay organizaciones detrás de los afiches,
provocaciones o, sería lo peor, campañas peligrosas para extender el desánimo.